La escuela y la familia son las dos grandes
instituciones educativas de las que disponen los niños y niñas para construirse
como ciudadanos. Por tal motivo, ni la escuela por una parte ni tampoco la
familia, pueden desempeñar dicha función de manera aislada y diferenciada la
una de la otra. Como bien expresa Bolívar (2006), la escuela no es el único
contexto educativo, sino que la familia y los medios de comunicación desempeñan
un importante papel educativo. Por tanto, la escuela por sí sola no puede
satisfacer las necesidades de formación de los ciudadanos, sino que la
organización del sistema educativo, debe contar con la colaboración de los
padres y las madres, como agentes primordiales en la educación que son, de los
alumnos/as, que ellos deben formar
(Ortiz, 2011).
Los centros educativos, fueron creados para
favorecer el desarrollo de los niños/as y servir de apoyo y ayuda a las
familias en su gran cometido, educar a sus hijos/as (Sosa, 2009). Por ende,
ambos agentes educativos, tienen en común y en sus manos un mismo objetivo,
educar y formar a ciudadanos.
Según Bronfenbrenner (1987), el
desarrollo de los más pequeños, se ve influenciado por contextos que están
conexos unos con otros, en forma de red. Es claro, que alguno de los contextos
que están dentro de esta red, están más alejados, pero no cabe duda, que el
contexto familiar y el escolar están próximos al niño y entre ellos mismos
(entre la familia y la escuela), constituyéndose como los escenarios esenciales
para el desarrollo de los infantes, pero no los únicos. Cierto es, tal como
defendía Bronfenbrenner (1987), que la no uniformidad entre ambas
instituciones, en lo que de León Sánchez, B. respecta a obligaciones y
experiencias que aportan a los niños y niñas, es un elemento positivo para
ellos, puesto que esto incide en la adquisición de una serie de competencias,
que favorecen al desarrollo responsable y autónomo de los más pequeños a lo
largo de su proceso evolutivo.
Se hace cada vez más notorio la necesidad de
implicar a las familias en la vida de los centros educativos, pero no
únicamente, porque la escuela se vea incapacitada para dar respuesta a las
demandas educativas de la sociedad, sino porque no podemos olvidarnos de las
responsabilidades que las familias tienen para con sus hijos/as y por tanto,
obviarlas y llevar a cabo procesos educativos aislados a ellas (Bolívar, 2006).
Teniendo presente este escenario, se hace esencial
que sean conscientes ambos agentes educativos, del papel tan importante que
juegan, puesto que será básico para poder establecer relaciones que favorezcan
y enriquezcan el proceso educativo de los niños y niñas. Es por tanto un factor
fundamental, el informar a cada uno de los agentes, de las funciones educativas
que cada una de ellos debiera poner en funcionamiento, respetando en cada
momento sus actuaciones.
El centro
debe tener la habilidad de reunir a los padres mediante proyectos originales,
atrayentes donde los padres se sientan parte de la educación escolar de sus
hijos, a pesar de que no exista ningún tipo de conocimiento profesional.
Escuela y
familia han de compartir inquietudes, intercambiar informaciones y pensamientos
sobre la educación, la escuela, los hijos. La familia tiene que aplicar los
acuerdos tomados e intentar traspasar los conocimientos escolares a la vida
diaria. Y la escuela debe alcanzar en cada niño/a los objetivos acordados o propuestos
y traspasar y aplicar los conocimientos familiares y cotidianos a la vida
escolar de manera que se consiga esta interrelación y unión entre la educación
formal y no formal.






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